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Publicado en El Correo 31-11-2015

Víctor Landa Petralanda y Jesús Angel García García

Médicos especialistas en Medicina Familiar y Comunitaria





PREPARAR LA MUERTE

UNA BUENA VIDA – UNA BUENA MUERTE – UN BUEN DUELO

Posiblemente la mayoría de nosotros hemos perdido a un ser querido, y es frecuente la sensación de que la muerte llega de repente, aunque haya sido  algo previsible tras una enfermedad grave.

Parece que no somos conscientes de que la muerte nos va a llegar a todos, y es que en el fondo nos sentimos inmortales. La idea de la muerte choca frontalmente con nuestro potente instinto de supervivencia. También tiene que ver el hecho de que nuestra sociedad vive de espaldas a esta realidad, porque estamos más centrados en conseguir dinero, éxito, diversión… Es frecuente escuchar que pensar en la muerte es cosa de gente triste y amargada, que lo mejor es olvidarla, que hay que disfrutar de la vida y que cuando llegue, llegará.

La muerte es un hecho natural y universal que afecta a todos los seres vivos, por eso forma parte de la vida, ya que la vida no sería lo que es si no tuviese ese final.  Grandes pensadores y científicos coinciden en que una buena vida necesita contar con la muerte, que asumirla e integrarla en nuestra vida nos permite vivir mejor y conseguir una comprensión más profunda de nuestra existencia. Por el contrario, alejarnos de ella implica alejarnos de la propia vida.

La muerte además de ser el mayor acontecimiento en la existencia de una persona, es un hecho social de primera magnitud, porque en ella también están implicados todos sus seres queridos (familia, amigos…). Sabemos que lo relacionado con el entorno de final de la vida deja una honda huella en la memoria familiar, y que muchas de las dificultades de elaboración del duelo nacen ahí. Este entorno depende de la causa de la muerte y de los recursos sanitarios de cuidado, pero hay otros aspectos implicados que pueden facilitar o perjudicar su evolución: el cómo fue la muerte, si… sufrió, sabía lo que tenía, se pudo hablar de ello, hubo despedida, se abordaron reconciliaciones pendientes, se dejó cuidar, le pudiste decir que le querías, si…

Parece lógico pensar en anticiparnos y “PREPARAR LA MUERTE”, porque algo tan importante no se debe improvisar. Tenemos la responsabilidad, primero con nosotros mismos, de tener una vida mejor y llegar a tener una “muerte saludable”, pero además, la tenemos con nuestros seres queridos, “con los que se quedan”, de causarles el menor dolor posible por nuestra pérdida. Es evidente que esto requiere una reflexión personal.

Podíamos comenzar por pensar cómo nos gustaría que fuese nuestra muerte y hablar de ella, abordarla alguna vez con nuestra familia, amigos… o, al menos, dejar alguna constancia de nuestros deseos en torno a ella.

También sería deseable incorporar, en las relaciones con nuestros seres queridos, actitudes de reconocimiento explícito de valores. Nos puede servir como referencia de ellos todo aquello que nosotros hemos echado en falta cuando hemos perdido a alguien importante, porque, cuántas veces y con cuánto dolor hemos oído decir a personas en duelo: “mi… marido, padre, madre, esposa… nunca me dijo que me quería, o qué le gustaba de mí, o si creía en mí, o…”

Además conviene que nuestros seres queridos sepan lo que deseamos, en previsión de situaciones en las que nos sea difícil decidir. Así evitaremos la toma de decisiones a ciegas, que pueden ser culpabilizadoras en el futuro: si quiero estar siempre informado de los problemas de salud que pueda tener; si tengo hecho el Testamento Vital o algún documento similar; si tengo hecho el testamento notarial, para mis herederos; si quiero un destino concreto para mis cosas u objetos de valor; si deseo hacer un “aseo premortem”,  desprendiéndome ya de cosas que sólo son importantes para mí; si prefiero morir en casa; si quiero tener asistencia religiosa y/o celebrar mi muerte en un entorno religioso o civil o no quiero ningún acto; si quiero ser enterrado o incinerado y dónde echar mis cenizas…

Cuando aparece la enfermedad fatal, es fundamental favorecer la comunicación, ya que un entorno alrededor del enfermo de falta de claridad, de mentiras “piadosas”, de prejuicios equivocados (no quiero decir… porque igual me emociono y si me ve llorar va a sufrir más), compartidos por familia y enfermo, generan en todos una enorme soledad y aislamiento, cuando más se necesita hablar, para suavizar los miedos que inevitablemente aparecen. Si además tenemos en cuenta que es NUESTRA ULTIMA OPORTUNIDAD no tiene mucho sentido preocuparnos de que nos emocionemos, porque ¡¡cómo no¡¡ es lo lógico. Lo terrible es la contención, la pena que ocasiona “todo aquello que me hubiese gustado decir o hacer y no pude” y que puede quedar “dentro” PARA SIEMPRE. Todo este sufrimiento añadido no le pertenece a la muerte, estos son sus daños colaterales que podemos evitar.

Necesitamos para ello una buena información, que no exista la mentira, a no ser que explícitamente deseemos no ser informados. Permitir que nos cuiden aliviará muchas culpas. Propiciar las despedidas, decir y permitir que nos digan todo aquello que queramos o nos quieran comunicar nuestros seres queridos. Intentar resolver asuntos y/o conflictos pendientes, que en el entorno de una muerte cercana, pierden la importancia que en otro contexto podrían tener.

El solo hecho de tener pensadas y, aún mejor, comentadas, con nuestros seres queridos, alguna de estas cuestiones u otras relacionadas, es un buen comienzo para mejorar nuestra vida, prepararse para una buena muerte y dejarles la herencia de un duelo mejor.